Seis meses y diez días, ese es el tiempo que ha pasado desde la última entrada de FCF que he publicado en este blog. Desde entonces han pasado muchas cosas. Muchas películas de ciencia ficción han sido estudiadas por mis ojos cual bacterias bajo la atenta mirada de un microscopio. Siempre he mantenido desde entonces la buena costumbre de ver una pelicula de CF cada viernes
Últimamente ya no lo hago ya que las películas ya no son una experiencia suficiente para mi. Necesitaba experimentar la ciencia ficción de otra manera diferente. ¡Los libros! Sí amigos, no hay nada comparable a la experiencia de leer un buen libro de ciencia ficción. No sólo estás contemplando una historia, formas parte de ella y puedes conocer los pensamientos más íntimos de los protagonistas algo que con una película difícilmente se puede conseguir.
Actualmente estoy leyendo la Saga de la Fundación de Isaac Asimov. Me tiene totalmente enganchado. Os recomiendo que leáis esta saga. Es muy buena.
Es increíble a dónde te puede conducir una entrada cuando empiezas a escribirla. Os preguntaréis que a qué me refiero con el título de la entrada. He hablado de varias cosas pero ninguna que tenga que ver con una puerta llamada Alpha. Pues bien, el título hace referencia al relato corto de ciencia fiición que he escrito hace siete meses para la clase de FCF. Era el trabajo final de la asignatura y consistía en que el profesor nos hacía una pregunta a cada uno. Sobre esa pregunta tendríamos que escribir un máximo de cuatro páginas de relato.
En mi caso la pregunta era la siguiente: ¿Y si el Sol fuese una enana roja? A partir de esta premisa tendría que desarrollar la historia y sinceramente, desde muy pronto ya tenía la idea de cómo llevar esa historia. Mis libros de ciencia ficción favoritos son lo que tienen que ver con el espacio y naves espaciales, por lo tanto mi relato tendría que ir por ese camino.
Bueno y sin más rodeos os dejo con mi relato. Espero que os guste
Todo en esta vida se acaba. Estoy escribiendo las últimas líneas de las entradas dedicadas a la clase de FCF, Física en la Ciencia Ficción impartida por Sergio L. Palacios en la Universidad de Oviedo.
Muchas son las películas de ciencia ficción que hemos podido ver en esta clase. Y muchas son las cosas que hemos podido aprender de ellas. Nunca miraremos una película de la misma manera que antes de ir a esta clase. Ahora cada vez que se nos presente una película ante nuestros agudos ojos la analizaremos cual autómatas asimovianos. Encontraremos cada error físico y nos reiremos profundamente de los incultos guionistas de Hollywood. Todo lo mediremos usando nuestra propia unidad, la bomba atómica de Hiroshima.
Ya nada será como antes. Ya no somos frikis, ahora somos amantes de la Ciencia Ficción.
¡Larga vida y prosperidad!
Si quieres convertirte en uno de nosotros, aquí encontrarás más información.
Viajar hacia las estrellas. ¿A quién no le gustaría darse una vueltecilla por Próxima Centauri, Vega o cualquier otro sistema del inmenso Universo? En el cine de ciencia ficción esto es algo tan normal como coger un coche e irse a Madrid.
Hay muchísimas películas que abordan el tema de los viajes interestelares, entre ellas tenemos a:
Star Trek la saga consta de 11 películas además de la serie original de 3 temporadas de 1966 a 1969. Narra las aventuras de la nave de guerra USS Enterprise y su tripulación en el siglo XXIII. Tienen como misión explorar nuevos mundos, buscar nuevas formas de vida y nuevas civilizaciones.
Star Wars Serie de 6 películas dirigidas por George Lucas. Consta de 2 trilogías, la primera de 1977 a 1983 y la segunda de 1999 a 2005. Siendo el comienzo real de la trama la segunda trilogía. La acción en esta historia de aventuras espaciales se desarrolla hace mucho tiempo, en una galaxia muy, muy lejana…
¿Y cómo viajamos a las estrellas? El principal problema es el tiempo. Las distancias en el universo son tan grandes y nuestras vidas tan cortas que necesitamos de un medio de transporte que alcance velocidades muy altas, más altas de las que estamos acostumbrados a ver en nuestra vida cotidiana.
Actualmente nos movemos por el espacio empleando cohetes químicos.
Su funcionamiento es sumamente simple: un combustible y un comburente reaccionan en una cámara y los gases resultantes de la combustión son expulsados de forma dirigida por una tobera. Por acción-reacción, los gases expulsados impulsan el cohete.
El problema con esta forma de transporte es su ineficiencia ya que la autonomía de este tipo de propulsor es muy limitada. Son incapaces de alcanzar altas velocidades, en términos de desplazamiento espacial y tienen una gran necesidad de combustible y de masa de reacción.
Por poner un ejemplo, con los cohetes químicos el viaje hasta el planeta Marte, puede tener una duración de seis meses, salir del Sistema Solar llevaría varios años, y llegar a la estrella más cercana Próxima Centauri, miles.
No. Si queremos vivir nuestras propias aventuras espaciales, esto no nos sirve. Necesitamos algo más “explosivo” algo como una explosión nuclear. Sí habéis oído bien, una explosión nuclear.
La explosión nuclear, convenientemente dirigida, crea un chorro de plasma a alta velocidad que choca contra un plato (de acero o aluminio) situado en el vehículo espacial, impulsando a la nave.
La duración del estallido es tan breve que el plato de impulso apenas sufre un ligero desgaste; literalmente, no tiene tiempo de calentarse. La fuerza que incide sobre el plato es tan inmensa que hay que utilizar un sistema de amortiguamiento para proteger a la tripulación de la aceleración resultante.
La relación de impulso de este motor es miles de veces mayor que el de un motor químico. Además, una nave con este propulsor no tiene las limitaciones de peso de un cohete de ese tipo, ya que la masa de reacción (el plástico), al alcanzar elevadísimas velocidades, puede ser mucho menor.
Aún así el motor Orión sólo nos sería útil para viajes interplanetarios. Necesitamos otra cosa que nos permita viajar fuera del sistema solar. No sé, hay que pensar en algo mejor.
El motor de antimateria.
Sí, sin duda este es el motor que buscábamos. En las colisiones entre materia y antimateria, toda la masa de las partículas se convierte en energía, por lo que, desde el punto de vista energético, este sería el combustible óptimo para la propulsión de una nave espacial.
Cuando la antimateria entra en contacto con la materia se produce una reacción violenta, denominada aniquilación, que desprende mucha energía, fotonesgamma (inútiles para la propulsión) y piones (partículas subatómicas de corta vida). Los piones se mueven a velocidades cercanas a la de la luz, así que podrían ser utilizados como propulsión.
Manteniendo cierta cantidad de antimateria aislada mediante campos electromagnéticos, se podría tomar una pequeña fracción y hacerla entrar en contacto con una cantidad equivalente de materia ordinaria. Una tobera magnética se encargaría de dirigir los piones resultantes de la reacción en la dirección adecuada, produciendo impulso a reacción.
El principal y mayor problema que tiene esta forma de propulsión es que actualmente producimos muy poca antimateria y además es muy caro hacerlo. Con un sólo gramo de antimateria obtendríamos una cantidad de energía enorme. Recordad la famosísima ecuación de Einstein:
Donde m es la masa y c es la velocidad de la luz y vale 3×108 m/s que a su vez está elevada al cuadrado, así que imaginaos la gran cantidad de julios de energía que podemos conseguir. Pero es tan difícil conseguir un sólo gramo.
Para que os hagáis una idea si se cogiese toda la antimateria creada en el mundo hasta el momento y se aniquilase con materia se obtendría suficiente energía para encender una bombilla eléctrica durante un par de minutos. Vamos una porquería.
Por si no lo sabéis la antimateria se consigue en los grandes laboratorios, en los aceleradores de partículas. Si pudiésemos obtener un miligramo de ella, el coste sería de unos 300.000 millones de euros.
Nada que al final nos vamos a tener que conformar con vivir las aventuras espaciales en las películas.